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La muerte de Oates.

Enviado por La Burla Negra el 30. Diciembre 2008 @ 00:51 En Historia | 5236 comentarios

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Nunca una derrota alcanzó tanta gloria como la del viaje del capitán Scott al Polo Sur entre 1.909 y 1.912. Es una historia por todos conocida; su carrera con el noruego Amundsen, el trágico final y las penalidades de la expedición. Ninguno de los cinco viajeros regresó vivo y cuando, ocho meses después, otro grupo de rescate localizó sus cuerpos se supo, gracias al diario de Scott, los detalles de lo ocurrido. De todo lo narrado en ese diario nada tan estremecedor y admirable como la muerte del capitán Lawrence Oates.

Cuando Scott, oficial de la Armada británica, pidió voluntarios para ir al Polo Sur recibió más de dos mil solicitudes. Seleccionó a veinte y de ellos sólo cinco alcanzarían el punto de laititud cero. El jefe de la expedición no era un novato. Ya había acudido a la Antártida años atrás con otro gran explorador, Ernest Shakelton, que tiempo después lograría una hazaña memorable de la que daremos cuenta en otra ocasión.

 Scott, oficial naval especialista en Armas Submarinas, fue designado por la Royal Geographical Society para dirigir la empresa. Era un hombre con un alto concepto del deber y el honor aunque se ha puesto en duda su capacidad de liderazgo tras la lectura de su diario y de algunas cartas dirigidas a familiares. Además, fueron sus decisiones equivocadas acompañadas del terrible clima, poco habitual en aquella época del año, lo que llevaron al desastre a la expedición. Consideraba, por ejemplo, que llegar al Polo Sur con trineos tirados por perros no era digno ni meritorio y que había que hacerlo caminando, arastrando cada uno su propio equipo sólo con la fuerza del hombre. Tampoco aceptaba, por cruel, la costumbre de ir matando a los animales para usarlos como alimento, algo habitual entonces en los viajes polares. Como apoyo a la fase inicial escogió ponies siberianos que se demostraron ineficaces en aquellas latitudes y murieron a los pocos dias de desembarcar.

El médico y científico era Edward Wilson. Repetía viaje con Scott y representaba al típico caballero inglés. En su mochila llevaba, como no, una bandera de su college de la época de estudiante.

Scott se hizo acompañar en el último momento de otro marino, civil en esta ocasión, que corroborara la llegada al polo geográfico. Ambos tomaron las mediciones pertinentes y las contrastaron a fin de que no hubiera dudas. El elegido fue “Birdie” Bowers. Él fue el primero que divisó la bandera noruega de Amundsen.

Edgar Evans representaba al típico suboficial de la Royal Navy. Grande y fuerte, amante de las broncas, las mujeres y la bebida. Era el contramaestre que cualquier comandante de un buque querría en cubierta cuando las cosas se pusieran feas pero, sin embargo, nadie lo desearía en su dotación cuando el barco llegara a un puerto. En Nueva Zelanda se cayó por la borda del Plus Ultra, el barco de la expedición, durante una de sus borracheras. Era un viejo conocido de Scott. Éste sabía que, en la Antártida, los bares y las mujeres no supondrían problemas y valoraba enormemente la capacidad y dureza de Evans.

Y por último, como quinto componente del grupo, figuraba el capitán de Caballería Lawrence Oates. Antiguo alumno del presigioso colegio de Eton y veterano de la Guerra de los Boers, su profeción, y una generosa aportación económica, le permitieron incorporarse como especialista para el cuidado de los ponies. Oates mantuvo algún enfrentamiento con Scott tanto por la distribución de los puntos de avituallamiento como por la diferencia de caracteres. Pero cumplió hasta el fin, como veremos más adelante.

En el verano austral de 1.912 se realizaría el asalto al polo. El sistema empleado, sencillo en la teoría pero complejo en la práctica, consistía en ir lanzando sucesivas expediciones cargadas de combustible, comida, agua y otro material imprescindible utilizando los ponies. Cada una de estas acometidas iría acercándose sucesivamente al objetivo instalando, cada cierta distancia, parte del material transportado. En un último viaje partirían los cinco seleccionados acompañados de otro grupo que dejaría provisiones en un punto lo más cercano posible al polo. De ahí salieron Scott, Boewers, Wilson, Edwards y Oates camino de la leyenda.

Merece la pena reseñar el logro que supone en aquella inmensidad la ubicación de pequeños puestos avanzados que luego serían localizados por los expedicionarios. Allí la brújula es inútil ya que el Polo Sur magnético dista del geográfico en más de 2.500 kilómetros. El posicionamiento se hacía con continuas observaciones al sol y al reloj. Esto aportaba unos datos que, contrastados en unas tablas astronómicas, daba la posición en latitud y longitud. Después sólo era un problema de trigonometría esférica saber el rumbo a seguir. Pero para resolverlo había que acudir, de nuevo, a las tablas matemáticas. Toda la operación no debería llevar más de un par de minutos a unos marinos experimentados pero a treinta o cuarenta grados bajo cero y entre la ventisca debía convertirse en algo bastante complicado. Sin embargo lo consiguieron, llegaron a los puntos exactos y localizaron el 17 de enero el Polo Sur con tanta exactitud que descubrieron allí plantada la bandera noruega de Amundsen y una carta de éste para Scott. Sólo quedaba volver. Mil doscientos kilómetros por delante. Y entonces empezó el suplicio.

Aquel verano austral el clima fue mucho más extremo de lo que suele ser habitual en esas latitudes. Las temperaturas bajaron hasta los casi cincuenta grados negativos y las ventiscas de más de ochenta kilómetros por hora fueron casi permanentes. Scott llevaba un diario en el que cada noche anotaba cuidadosamente todos los detalles del viaje, desde la meteorología hasta las conversaciones, además de sus propias reflexiones. Gracias a eso y a que la expedición de rescate que encontró su cuerpo junto al diario  podemos saber, hoy, lo que les ocurrió.

Todo fueron percances y accidentes. Miembros helados, caídas, lesiones. A  esto hay que añadir el horrible tiempo y el agotamiento como consecuencia de arrastrar sus propias cargas. En aquella época no existían los materiales sofisticados para el frío de hoy en día. Hay que imaginárselos con prendas de lana y piel impregnadas de grasa de foca. Amundsen, por el contrario, había convivido con esquimales y lapones para aprender sus costumbres y copiar sus vestimentas. Además, el noruego se ayudó siempre de trineos tirados por perros. Y para complicar las cosas Scott se detenía a cargar ejemplares geológicos que aumentaban el peso de sus pertrechos.

Así las cosas, el 17 de febrero Evans murió en la tienda durante la noche. Había sufrido varias heridas y tenía congelaciones en sus extremidades. Desde hacía algunos días retrasaba la marcha de todos pero jamás se plantearon abandonarlo aún sabiendo que así no llegaría al final del viaje.

El resto continuó a duras penas avanzando no más de 15 kilómetros por jornada. Cuando llegaban a los depósitos instalados previamente se encontraban con que el combustible se había evaporado y no podían calentarse ni preparar comida. Pronto apareció el escorbuto.

El viaje acabó a sólo 16 kilómetros de un gran almacén instalado el año anterior con abundante material. Pero las condiciones físicas y, sobre todo, el clima les impidió llegar. El 29 de marzo Scott hizo su última anotación en el diario y escribió varias cartas. Allí los encontraron al verano siguiente. Estaban Wilson, Bowers y el propio Scott. Pero, ¿y Oates?

El capitán de Caballería había llegado a un lamentable estado físico, sin capacidad para arrastrar su trineo y retrasando enormemente la marcha de sus compañeros. Él era consciente de que si éstos no le abandonaban nunca llegarían a su destino. Así que la noche del 15 de marzo, símplemente, se levantó dentro de la tienda y dijo a sus compañeros “voy a salir, igual tardo” y haciendo caso omiso de los ruegos se internó en la ventisca al encuentro con la muerte. Creyó que así el resto sobreviviría. Era el día de su 32 cumpleaños.


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